¿Qué es La Coleccionista de Lágrimas?

Atento a la sinopsis en el primer apartado de la columna de la derecha :) Disfruta de la lectura.

3.4.10

Cap. Cinco (parte tres)

Cat miró molesta a Rubber, quien le devolvió una mirada inocente acompañada de una tierna sonrisa. Tras la breve conversación no verbal, flexionó las rodillas, se inclinó unos grados hacia atrás, alzó el brazo y, rezando por exhibir una puntería que no sabía si tenía, lanzó la piedra hacia la primera ventana. Falló. Rubber rió en silencio, pero Cat se percató de ello y con una patada, le lanzó un puñado de gravilla.
-¡Ay!-Se quejó el muñeco.
-Si tan listo te crees, ¡lánzalas tú!
Rubber calló. Sabía que con su corta estatura no iba a conseguir demasiado.
Catherine se hizo con otra piedra y probó suerte una vez más. Acertó.
-¡Bien!-Susurró extasiada.
Aguardaron unos segundos. Por las rendijas de la ventana cerrada se escaparon unos rayos de luz, lo cual significaba que habían conseguido llamar la atención de quien fuera que hubiera dentro, ¿Lyan? Las puertas viejas de la ventana se abrieron.
-¿Lyan?-Preguntó Cat.-Soy Catherine, Catherine Alis... ¡Aaaa!- Desde la ventana calló una cascada de agua. Quien quiera que durmiera en esa habitación, no era Lyan. Pero sí tenía un cubo cerca.
-¡Váyase a molestar a otra parte o llamaré a la guardia!-Se escuchó la voz ronca de alguien que ya se acercaba mucho a la vejez. Catherine no pudo distinguir su rostro pero, con suerte, pudo esquivar la repentina lluvia que se le cernió encima.
-¡Disculpe!-Bajo la capucha torció una mueca de arrepentimiento, pero el molesto inquilino no pudo verla. Simplemente cerró la ventana de un portazo.
-Prueba otra vez, Cat. Quizá ahora nos tiren algo para acompañar al agua. Un poco de pan no estaría mal, estoy hambriento.
-Si no te decides a acabar con tus bromas, acabaré yo con ellas de una forma que no va a gustarte nada, Rubber.-Catherine discutía con su amigo mientras se hacía a tientas con otra piedra.
Con algo de miedo, Cat adoptó su postura de lanzadora e intentando apuntar a la siguiente ventana -y rezando por no volver a dar en la primera-, lanzó la piedra. Ésta atinó justo en medio de la madera, provocando un sonido por el cual parecía que se iba a desintegrar. Nada.
-No habrá nadie.
-Tiene que haber alguien, la posada está cerrada. Eso significa que no hay sitio para nadie más.-Dedujo Cat.
Se agachó, cogió otra piedra y volvió a lanzarla a la misma ventana. Esperó. A los pocos segundos, unos pasos en la lejanía afirmaron la teoría de Cat. Lentamente se abrieron las puertas de la ventana.
-¿Puedo ayudarte en algo, muchacho?- Una pícara voz llegó hasta donde estaban Cat y Rubber. Desde la ventana asomaba medio cuerpo de una hermosa y semi desnuda joven que sonreía mientras se mesaba el alborotado cabello rubio.
-Me llamo Catherine, estoy buscando al señor Danniel Lyan.-Contestó Cat. La joven de la ventana cambió su tono de voz.
-Oh. ¿Te refieres al apuesto muchacho que se hospeda aquí también?-Rió.- ¡No creo que a estas horas de la noche vinieras a buscar a nadie más!- Catherine se encogió de hombros, ¿era Lyan apuesto?- Está en el piso de abajo, creo que en la ventana de la izquierda... Aún no he tenido el placer de comprobarlo.- Añadió seductora.
-Gracias. Y disculpe haberla molestado. Buenas noches, señorita.
-Buenas noches.-Alargó sus finos brazos y, sin decir nada más, cerró la ventana.
-Qué suerte.
-Y no ha habido bombardeos.-Añadió Rubber.
-Abajo... a la... iz...quierda...-Recitaba Cat mientras buscaba otra piedra con la que atentar contra la ventana de Lyan.
-Todavía estamos a tiempo de volver a casa, Cat.-Rubber hablaba en serio esta vez, pero Catherine ya jugueteaba con una piedrecilla en su mano.
-No. Ya hemos venido hasta aquí, Rubber. Y no me queda nada que perder.-Lanzó la piedra. Acertó a la primera.
-Al menos estás cogiendo puntería.
No se escuchó nada. Catherine aguardó impaciente unos instantes y se agachó buscando otra roca. Se flexionó y, lanzó. Falló.
-¡Rayos!
-Será por piedras en el campo, Cat. Tranquilízate.-Intentaba calmarla Rubber.
Tras palpar unos segundos el suelo, cogió otra piedra y sin pensarlo la lanzó con más fuerza. El impacto casi perforó la ventana. Se iluminó la habitación casi instantaneamente. Tras escuchar unos pies que se arrastraban por el piso, se abrió la ventana con un ya conocido rechinar.
-¿Quien va?-Preguntó una voz somnolienta.
Era él.


Continuará...

21.3.10

Cap. Cinco (parte dos)

Catherine sonrió levemente.
-Hacía años que no regresaba al pueblo. Ni siquiera sé cómo lo hemos encontrado a la primera.
-¡Intuición femeni...!- Cat aplastó la cabeza de Rubber hacia el fondo de su bolsillo antes de que este pudiera acabar su ingenioso comentario. Acalladas las bromas de su amigo, Catherine juntó sus manos contra su boca, exhaló aire caliente dentro de ellas y, continuó el camino.
Rubber, molesto, permaneció callado el resto del camino, dejando escuchar simplemente el ruido de los zapatos de Cat aprisionando la tierra. Conforme se acercaba a lo que parecía Dalarna, aumentaba en ella una sensación angustiosa, como si le estuvieran haciendo un nudo marinero en la boca del estómago. Instintivamente, se tapó con firmeza el hueco de su pecho. Sabía que a aquellas horas, nadie iba a salir a meterle el dedo en la herida, pero el peso de las burlas se habían acumulado en su garganta y le impedían tragar con facilidad, respirar con normalidad.
Como pensaba, aquella sombra erguida entre la niebla nocturna, era el elevado campanario de su pueblo natal. Aquél campanario que durante su infancia, le anunció cada hora y cada entrada a misa los domingos -aunque nunca fue muy partidaria de acudir con regularidad a la iglesia-. El párroco siempre le pareció un tipo agradable. Un anciano de pelo cano y el rostro algo consumido por el tiempo, a excepción de su inmaculada sonrisa, con la cual parecía que los años habían hecho una excepción. La mirada de aquél hombre cuando paseaba por la plaza, siempre le había transmitido compasión y paz. Se preguntaba qué pensaría de ella en estos momentos si tocara a su puerta a más de mitad de la noche y tras más de cinco años.
El pueblo se encontraba totalmente desierto, durmiendo en todos los sentidos a la vez que dormía el día entre las montañas. Cat ciñó la capucha en torno a su rostro con fuerza, evitando cualquier tipo de visualización que permitiera que alguien pudiera reconocerla. Sus zapatos callaban al pisar la piedra que vestía las calles.
A Catherine le parecía reconocer cada rincón que pisaba, cada silueta de las casas que se atrevía a observar. Alzó sólo la cabeza cuando un obstáculo se interpuso en su paseo espectral por el pueblo. Aunque prefirió haberse tropezado sin saber con qué.
-¿Por qué nos paramos? ¿Hemos llegado?- Susurró Rubber.
-No.
-¿Y por qué nos detenemos?- El muñeco observó lo que tenía delante.
-¿La ves?- Cat permanecía inmersa en un recuerdo hipnótico.
-Si. Es una fuente, ¿y qué?
-No es simplemente 'una fuente'.-replicó- En esta fuente nos encontramos Axel y yo por primera vez. Aquí, bajo el sol, me enamoré.
Todo estaba oscuro, y bajo la capucha, Rubber no podía ver el rostro de Cat. Pero podía sentir sus lágrimas como si fueran las suyas propias.
-Un buen empujón a la fuente es lo que merecía.-Bromeó mientras le daba pequeños codazos a su amiga.-¡Si hubiera estado yo aquí! ¿Eh, Cat?
Catherine apreció el intento del pequeño por animarla, pero, hacía tiempo que nada le levantaba las ganas de vivir. Se limpió las lágrimas con la mano y continuó caminando en mitad de la noche por mitad de un pueblo ausente.
-¿Recuerdas dónde está la posada?
Cat dudó.
-Creo que no.
-¿Y cómo vamos a encontrarla?
-Deja de dormir y busca un letrero en el que veas escrito 'posada'.- Rubber frunció el ceño ante la orden de Cat. Pero, agudizó la vista y observó cada cartel con el que se cruzaban.
-Panadería... Boticario... Taberna...- Canturreaba.
-¿Vas a interpretarme cada cartel que leas?- Rió Cat.
-Le dará un toque romántico a la noche. Otra taberna... Carnes... Pescados... ¡Posada!
-¡Calla, Rubber!
-Lo siento.-Se avergonzó ante su inexplicable emoción.-La he encontrado, Cat, ahí.-Rubber sacó su bracito de tela del bolsillo y señaló el cartel de madera que tenían justo delante de ellos.
La tabla de madera rezaba en letras doradas la palabra 'posada'. Colgaba de unos hierros oxidados fijos en una fachada blanca roída por el paso del tiempo. Las ventanas, cerradas, tenían un color marrón sin vida y, la puerta adornada con flores frescas le daba el único toque alegre y jovial del que podía presumir aquella casucha.
-Si no fuera porque es la única posada del pueblo, no creo que nadie quisiera alojarse aquí.-Sentenció Rubber.
-Me has leído el pensamiento, amigo mío.
-Y ahora, ¿cómo piensas dar con él?
Catherine agachó la cabeza inspeccionando el suelo que tenía bajo sus pies.
-¿Qué buscas, Cat?
-¡Esto!-Bajó la mano hasta la altura de sus zapatos y cogió una pequeña piedra que se había desprendido de las demás. Rubber rió.
-¿Vas a ir tirando piedras a todas las ventanas hasta que des con él?
-¡Qué remedio!
El pequeño salió del bolsillo de Cat y, divertido, se sentó en el bordillo de la posada a observar.
-¡Buena suerte entonces! Esto va a estar bastante entretenido.


Continuará...

19.3.10

Cap. Cinco

Rubber enarcó una ceja como quien oye un idioma extranjero.
-¿Perdona?
-Nos vamos a buscar a Axel.
-¿Has perdido también el cerebro, Cat?
Catherine le miró furiosa.
-No. Pero es la única forma de demostrarle al mundo que él no es como piensan ni quien piensan. Limpiaré su nombre y barreré mis dudas. Y así le haré entrar en razón, volverá aquí conmigo y todo será como antes. No aguanto más las burlas, los rumores y... el espantoso silencio que han dejado mis latidos.
Rubber calló, sabía que era inútil discutir con Catherine, y menos cuando se encontraba tan decidida como en esos momentos. Además de que la superaba en estatura y fuerza.
-Bien, ¿y cómo piensas encontrarle?
-Lyan me ayudará.
Rubber saltó de la cama.
-¡Ah, no, no, no! ¡Ni hablar, Catherine!- Cat sonrió al escuchar su nombre completo. Sonaba como una regañina de los labios de una madre.
-¿Y por qué no?
-¿Más hombres en tu vida, Cat?
Catherine miró irónica a Rubber.
-Si no recuerdo mal, tu eras partidario de que saliera a recibirle y le invitara a entrar.
-Ya, bueno, pero no pensaba que luego saldrías corriendo detrás de él. Con un poco de conversación, un té y unas risas hubiera bastado, Cat.
-No voy a salir corriendo, sólo quiero que me diga ¡ya que sabe tanto y lee tanto sobre el tema! dónde se encuentra. Y así también le daré en los morros con sus acusaciones.
El pequeño muñeco suspiró. Sabía perfectamente que no iba a dejar que Catherine saliera sola, y mucho menos la dejaría con aquél hombre que sólo le había traído más quebraderos de cabeza. Caminó silencioso hasta donde Cat se encontraba, sujetando ya el pomo de la puerta entre sus manos. Trepó por su pierna y se acomodó en un pequeño bolsillo de la capa, deseando interiormente haber sido más grande para atar a su testaruda amiga a la cama.
Chirrió la madera en la muda noche y, cubierta con la capa como una sombra, marchó atravesando la oscuridad bosque a través.
-¿Dónde piensas ir?-Gruñó Rubber.
-Al pueblo. Siendo las horas que eran, no creo que se marchara para que la noche lo descubriera a mitad camino. Se habrá alojado en la posada del pueblo.-Catherine parecía muy segura de sus palabras. Caminaba decidida, sin mirar al pequeño que viajaba en su bolsillo.
El bosque cuando oscurecía no era apto para gente asustadiza. Las frondosas copas evitaban que la luz de la Luna alumbrara el suelo y podías caer por cualquier agujero o tropezar, sin nisiquiera haber empezado a caminar. Sólo de vez en cuando, a través de alguna rama semi caída, podías observar al maravilloso satélite nocturno que intentaba con curiosidad hacerse un hueco para enterarse de qué ocurría en el nocturno bosque de Dalarna.
Las pisadas de Cat retumbaban con un eco sordo, importunando a las alimañas nocturnas que interrumpían sus quehaceres para observar a la intrusa. Rubber se escondía entre las telas, farfullando para sí frases que no llegaban a los oídos de su amiga, pero que debían de sonar algo así como 'esto no va a salir bien', 'nos va a comer un oso, o un tigre, ¡o un dragón!' 'luego le diré: se lo dije!'. Aunque no pasó mucho tiempo hasta que los fríos ojos del muñeco, se sumieron en un ligero sueño con el mecer de la capa de Cat.
Catherine intentaba no levantar la vista del suelo, le aterraba tropezar con cualquier cosa y caer. Pero más aún le aterraba encontrarse con lo que pudiera sorprenderle si alzaba la vista. De vez en cuando el ulular de alguna lechuza aliviaba su agitada respiración, tomándolo como una señal para que continuara caminando. Pensó en varias ocasiones (sobre todo después de superar el sobresalto de algún ratoncillo que se meneaba entre matorrales) en darse la vuelta, volver a casa y pasar el resto de sus días bajo la colcha haciendo caso omiso a los reproches de Rubber. Pero al instante volvía el rostro de Axel, susurrando en sus oídos que continuara caminando, que llegara hasta donde él se encontraba.
Hacía frío. El vaho escapaba de entre sus labios como si expulsara el alma con cada respiración. Se frotaba las manos con regularidad, intentando no perder la sensibilidad en ellas, aunque parecía en vano, ya que el ambiente de madrugada en aquél bosque era gélido, impasible.
Cuando ya empezaba a no sentir los pies, pudo vislumbrar tras una colina una luz ténue y la sombra de algo que, con todas sus fuerzas, deseó que fuera un campanario.
-¿Ya hemos llegado?-Rubber asomó su cabecita y se frotó los ojos.
-Eso parece, aunque tendremos que acercanos más para asegurarnos.
-¿Estás cansada?
Catherine sonrió levemente.


Continuará...

14.3.10

Cap. Cuatro (parte tres)

-Se la llevó algo. No alguien, algo. Hacía unas semanas que me llegaban rumores desde las videntes de los pueblos cercanos. Rumores de la existencia de un demonio, algo sobrenatural que raptaba a las jóvenes enamoradas... y se llevaba su corazón después.-A Lyan le costó pronunciar esas últimas palabras. Pero más aún le costó a Catherine digerirlas.
-... No... no tiene sentido, Lyan. Los... los demonios no exis...-No supo acabar la frase, realmente, tenía más ganas de recordar la sonrisa de Axel y de cómo su corazón cantaba por él... su corazón.
-Es por eso que estoy aquí, necesito de tus poderes para localizarle, para recuperar a Dalia.
-Es que yo no soy bruja...-Susurró Cat.
-Pero, las habladurías, su casa parlante...-Replicó Lyan.
-No soy bruja...
-Necesito su ayuda, por favor.
-Márchese...
-Catherine, escuche, puedo pagar...
-¡¡¡FUERA!!!-Cat gritó fuera de sí alzándose casi sin darse cuenta de la butaca y apuntando con su dedo índice hacia la puerta. No sabía qué hacer con el batido de emociones que se mezclaba en su interior, y optó por dejarse llevar por aquél torbellino de incoherencias. Realmente daba miedo, sus agotados ojos se inyectaron en sangre y el agujero de su corazón parecía hervir en carne viva. Lyan tampoco supo contener sus nervios y huyó por la puerta sin pensarlo, dando un estridente portazo tras de sí. Aún en la ventana, Rubber se cubrió asustado la cabeza. Tras mantener su posición unos intantes y el pecho hinchándose con violencia, Catherine intentó contener las lágrimas que rebosaron de sus ojos y, abatida, se desplomó en el sillón.
Rubber dejó transcurrir unos minutos, paciente, observando cómo Catherine se deshacía en lágrimas frente a él. Prefirió dejar correr el río, sabía que contenerlo provocaría una inundación con el tiempo. Cuando la joven se cansó de ahogarse entre sollozos y respiraciones cortadas, abandonó la ventana para trepar con cuidado hasta sus rodillas, que estaban completamente empapadas. La miró con ternura.
-No sé qué decirte...-Lloró.
-No digas nada si no quieres, Cat.
-Ese estúpido Danniel Lyan con su sombrero y sus ultramarinos, de todas las malditas brujas suecas ha tenido que venir a molestar a la única que no lo es...-Inspiró fuerte por la nariz.
-¿Estás bien...?-Rubber sabía perfectamente la respuesta, pero Catherine necesitaba hablar. Ahora tenía a alguien con quien hablar.
-Me niego a creerle, Rubber. Me niego a creer en sus absurdas historias de demonios y damas raptadas. Axel era un hombre bueno, honrado. El trabajo y la frustración le trastornaron, ¡eso es todo!-Hizo una breve pausa para pensar en sus ojos.-no quería hacerme ningún mal... él volverá, Rubber. Volverá con mi corazón en una caja de plata, y yo le regalaré todas mis lágrimas para que las funda con las estrellas...-Rubber bajó la mirada y la fijó en el suelo, tanto que hasta podría haberlo perforado.
-¿Por qué no duermes un poco, Cat? Ha sido una mañana algo agitada. Demasiado para nosotros.-Pero Catherine no tenía muy claro si quería despegarse de la realidad, de todas las ideas que le mordían y desgarraban los recuerdos.
Rubber acarició su pálida mano con delicadeza y, dejándola vagar por su mente, se retiró a la cama, donde se confundió con un cojín más. Mientras tanto, Catherine se hizo un ovillo en el sillón y lloró en silencio hasta que se quedó dormida.
*****
Cuando abrió los ojos, los pocos rayos de sol que se habían paseado aquellos días, ya no estaban. La brisa helada que entraba por la ventana abierta la hizo tiritar hasta arrebatarle el sueño. Miró desconcertada la habitación, intentando acostumbrar sus ojos a la oscuridad. Vio a Rubber, que continuaba sentado en la cama, parecía dormido. Se levantó con cuidado y sonrió al contemplar a su amigo sobre la colcha. Era reconfortante saber que te despertaras a la hora que te despertaras, iba a haber alguien a tu lado. Catherine pudo disfrutar de unos escasos minutos de felicidad, caminó hacia la chimenea intentando no tropezar con nada, aquél frío era penetrante. Pero al agacharse para prender los troncos, apareció en su cabeza la imagen de Lyan como una centella fugaz, una centella que se llevó sus minutos de felicidad conforme iba trayendo a su memoria la conversación de aquella mañana, y la presencia de la niña en la cueva. Se dejó caer hacia atrás para sentarse en el suelo, abatida una vez más. Pasó allí sentada más de un cuarto de hora, mascando con paciencia cada minuto de los que había pasado con Axel: el día en el que se conocieron, las cenas en casa, los paseos por el parque, la tarde en la que enloqueció...
Miró al frente, con los ojos fijos en los troncos carbonizados. Como un reflejo, se levantó del suelo haciendo caer el sillón con un estrepitoso ruido que asesinó el silencio de la noche. Rubber despertó de un salto, con el corazón acelerado.
-¿¡Qué pasa!?-Observó cómo Catherine se ajustaba su larga capa con capucha.
-Nos vamos.
-¿Qué, a dónde?
-A buscar a Axel.

18.2.10

Cap. Cuatro (parte dos)

-¿Te parezco peligrosa?-Cat intentó adoptar un aire misterioso.
-Lo cierto es que después de haberla visto, se ha desmentido todo lo que esperaba que ocurriera.
Catherine dejó escapar una risita.
-¿Y qué más ha escuchado de mí?-Preguntó curiosa cruzando las manos bajo la barbilla.
-Ja, ja, ¡de todo! Ni se imagina la de bulos que la gente es capaz de inventarse para pasar la tarde. Desde, bueno, que daba vida a los objetos hasta que no tenía corazón.-Lyan parecía divertido, o más bien aliviado por no haberse encontrado a una anciana caníbal con un ejército de espantapájaros asesinos. En ese momento, Cat volvió a adoptar un tono sombrío.
-¿Y si fuera cierto?-Preguntó tajante, borrando en un segundo la sonrisa de su acompañante.
Tragó saliba.
-¿A qué se refiere...?
-¡Enséñaselo, Cat!-Una tercera voz proveniente de la nada se incorporó a la conversación.
-¿¡Quién ha dicho eso!?-Lyan saltó del sillón y preguntó nervioso mirando hacia el vacío. Catherine rió por lo bajo.
Acto seguido se erguió ella también, quedando de pie frente al exaltado muchacho. Sin decir palabra, se retiró el pelo del pecho dejando ver el penetrante agujero que evidenciaba su falta de corazón. Literalmente.
Lyan abrió tanto los ojos que por un momento Catherine sintió la tentación de extender los brazos para recoger sus glóbulos oculares antes de que cayeran al suelo. Se quedó petrificado, como quien echa raíz bajo el balcón de su amada. Cat aguardó su reacción, apostando interiorme si echaría a correr o sacaría un crucifijo para extraerle el demonio que llevaba dentro. Aquella imagen la divirtió. Cuando Lyan volvió a dase cuenta de que necesitaba pestañear, cerró los párpados lentamente y permaneció con los ojos cerrados unos instantes, tras su reflexión y el gran esfuerzo por controlar la cordura y los latidos del corazón, volvió a sentarse muy despacio por miedo a que las piernas le fallaran y cayera ridículamente en la moqueta.
-De modo que es cierto.-Abrió de nuevo los ojos dirigiendo la mirada directamente hacia la de Cat, no a su pecho.-Igualmente sigue sin parecer peligrosa.
-¿No se asusta...?-Preguntó Cat contrariada mientras volvía a sentarse de nuevo. Lyan volvió a adoptar su planta de caballero sereno y sonrió ante la pregunta de Catherine. ¿Cómo era posible que ella estuviera más extrañada ante esa situación que él?
-No, lo cierto es que no. Verá, creo que debería seguir contándole el motivo de mi largo viaje.-Cat asintió despacio mientras volvía a colocarse el cabello frente al agujero, se sentía desnuda y observada si se comportaba como si ese hecho no existiera.-Mi familia posee una cadena de ultramarinos llamados Hörnet, aunque de ser un establecimiento en una esquina, pasó a convertirse en una entidad con más de veinte locales en Estocolmo y proyectos de ampliar sus fronteras. Mis padres siempre quisieron una buena esposa para mi: hermosa, atenta, refinada, buena madre... Bueno, supongo que lo que todos los padres desean para sus hijos. Aunque lo cierto es que yo sólo me preocupaba por escribir, escribir y leer. Eran mis pasiones, sobre todo leyendas y temas mitológicos, se podría decir que me conozco de memoria casi todas las leyendas paganas y religiosas desde la antigua época clásica hasta el momento.-Catherine detectó cierto aire de autosuficiencia, pero tampoco le dio importancia a que alguien alardeara de lo que sabe.-No pensaba en casarme, ni mucho menos, y tampoco en heredar el negocio familiar. Pero un día, llegó a la tienda (de la que me había quedado al cargo esa mañana) una delicada joven que estaba de paso con su familia. Precisaba unos víveres para su viaje y poco más, no lo recuerdo bien. Era preciosa, sí, pero tampoco reparé en exceso en ella. Comencé a verla cada mañana paseando y los domingos en la iglesia, mi padre me comentó entonces que no estaban de paso, habían decidido quedarse porque el padre de ella era un gran negociante en Dinamarca y, estaban pensando en trasladar parte del Hörnet allá. Con el tiempo, y casi masticado por nuestras familias, nos vimos comprometidos para un futuro matrimonio. Yo no me opuse, en absoluto. Efectivamente ella era todo lo que siempre habían buscado para mi y, tras descubrir qué era lo que querían, me agradó bastante la idea. No pasaron semanas hasta que me enamoré completamente de ella, en todos los aspectos. La noche anterior a nuestro compromiso, yo no cabía en mi traje de la emoción y, pese a las supersticiones, necesitaba verla a toda costa. Necesitaba decirle lo mucho que la amaba y la falta que me hacía permanecer a su lado el resto de mi vida. De modo que trepé por las enredaderas de su casa y me colé en su habitación como un amante secreto.-Lyan cambió su expresión a una que adopta el recuerdo de un momento doloroso.-Pero todo estaba revuelto, como si alguien hubiera estado rebuscando algo por todas partes... o como si dos personas hubieran estado peleando. Me temí lo peor. Grité su nombre por todo el barrio, por toda la ciudad, pero nadie respondió a mi llamada. Mis padres pensaron que le asustó la boda, y que prefirió marchar. Los suyos, que alguien la había secuestrado para pedir por rescate una gran suma de dinero. Pero yo... yo sé que pasó algo más.-Cat permaneció atenta, pero Lyan guardó silencio.
-¿Qué cree que ocurrió?


Continuará...

16.2.10

Cap. Cuatro

-¡¿Hola?!-Se escuchó desde fuera de la cabaña.-¿¡Hay alguien!?
-Es feo.-Rubber había conseguido subirse a una pequeña estantería, desde donde observaba la escena cubierto por la cortina de la parte contraria a la de Cat.
-¡Cállate!
-¡Buenos días! ¡Estoy buscando a Catherine Alister!
-Te busca a tí.-Rubber no parecía dispuesto a pasar desapercibido, pese a los gestos desproporcionados de Cat.
-¡No pretendo molestar, pero no estoy únicamente de paso, necesito su ayuda!-El muchacho del exterior iba a desistir.
-¿Tendrá algo que ver su aparición con mi inesperado encuentro de esta mañana?-Musitó Catherine.
-Si no sales, no vas a averiguarlo.-Catherine no parecía muy convencida.-Llevas quejándote años de lo sola que te encuentras, y cuando aparece alguien ¡te niegas a salir de casa!
-Puede que lleves razón...
-¡Por favor! ¿Conoce a Cathe...?
-¡Si, si!-Gritó Cat desde el interior de la cabaña.-¡Deje de gritar, por favor, en seguida le abro!-Se levantó de su improvisada trinchera y caminó hacia la puerta.
Rubber esperaba aún tras la cortina. Cat se avispó de su repentino tembleque en el cuerpo e intentó controlar el bailoteo de su mano cuando fue a girar el pomo de la puerta. No se había vuelto a escuchar nada desde que Catherine accedió a dejar pasar al misterioso visitante.
-Soy...Soy Catherine Alister.-Cat quedó encuadrada por el marco de la puerta, parecía un precioso retrato de una antigua diosa griega: dos esmeraldas que reflejaban la profundidad del mar incrustadas en una piel blanca como la nieve. Intentó como pudo alisarse el alborotado cabello azabache y sus labios cereza temblaron al dirigirse al muchacho que la observaba desde unos metros.
-Un placer.-El viajero se quitó la fedora dejando al descubierto una media melena color miel. Entendió Cat entonces por qué aquella mañana había amanecido tan gris: los rayos del sol se habían refugiado entre sus finos mechones. No pudo evitar sonreír al pensar en el calor del sol acurrucado bajo el sombrero.-Me llamo Lyan, Danniel Lyan.-Avanzó unos pasos hacia la joven inmóvil y le tendió la mano derecha para estrechársela. A Catherine le costó consumar el apretón estando perdida en sus ojos de otoño. Aquél muchacho tenía el iris del mismo color que tiene el mes de octubre entre los árboles, un marrón ocre que podía quitarte el frío de los huesos en la noche más fría de invierno.
-Igualmente...-Balbuceó Catherine examinando los dientes perleados que la ámplia sonrisa del señor Danniel Lyan dejaba ver.-Pase, por favor.-Soltándose de su mano, le hizo un gesto con el brazo para que cruzara la puerta. El señor Danniel Lyan asintió con la cabeza y se introdujo en el interior de la cabaña. Catherine lanzó una mirada inexpresiva a Rubber y siguió a su invitado.
El señor Danniel Lyan se detuvo en el centro de la cabaña y giró sobre sí lentamente, examinando cada rincón de aquella casa. Cat le observaba paciente desde la puerta. El muchacho, que no tendría más de veinticinco años, contempló las cortinas que impedían entrar lo poco de luz que ofrecía el día, el ondear de las finas telas con la semioscuridad del entorno le daban a aquella cabaña un aspecto de abandonada. O al menos, de descuidada. Miró la cama de Catherine todavía deshecha, la chimenea que humeaba levemente con algunos troncos carbonizados luchando por resistir. Paró luego su vista en la cocina, atraído por el buen olor que salía de ella, esbozó una sonrisa al descubrir todos los cacharros revueltos, manchados y la mitad de los armarios abiertos. Al percatarse de ello, Catherine corrió a tapar con su fino cuerpo cuanto pudo, pero fue en vano. Al atisbarse de su inútil esfuerzo, cerró con apuro tantas puertas a la vez como le fue posible.
-Y, y ¿qué se le ofrece, señor Danniel Lyan?-Rompió la incómoda situación, algo acalorada.
-Oh, Lyan, llámeme Lyan por favor.-No dejaba de sonreír. Cat se ponía más nerviosa cuanto más contemplaba su resplandeciente dentadura.-Verá... es un tema algo delicado, realmente no sé por dónde comenzar.
-Siéntese.-Ofreció Catherine amablemente tras haber arreglado como pudo el estropicio de la cocina. Lyan se acomodó en un sillón que había al lado de la chimenea... era en el que Axel solía sentarse. La cabeza de Cat voló hasta aquellos días en los que su desaparecido amor se pasaba horas hipnotizado con el crepitar de las llamas.
-¿Molesto?-Lyan se percató de la mirada de su anfitriona al contemplarlo en el sillón de cuero rojo.
-Oh, no, no. Siéntese donde quiera.-Cat volvió de entre las nubes y se incorporó en otra butaca justo en frente de Lyan.
Pasaron unos minutos en los que ninguno dijo nada. Lyan daba vueltas a su sombrero en las manos, mirándolo fíjamente. Parecía que intentaba ordenar las ideas antes de hablar con Catherine. Por su parte, ella se dedicó a examinarlo de arriba a abajo. Desde su cabello oro apagado, pasando por el elegante traje gris que vestía hasta sus zapatos marrones.
-Verá,-Comenzó el joven al fin, alzando la mirada de un golpe.-he viajado desde Estocolmo, atravesando Uppland y Gästrikland, entre muchos otros sitios. He relatado tantas veces mi historia que podría contársela dormido y no me olvidaría de un detalle. Han sido cientas las personas que han escuchado lo que me atormenta desde hace meses, pero nadie ha sabido sacarme de mi infierno. Y ha sido gracias al boca a boca y a los chismes de viejas por lo que llegó a mis oídos la existencia de una bruja que vivía en Dalarna.-Cat suspiró y miró el cielo, el techo en realidad. Lyan no se detuvo.-Han sido también diversas las versiones que he podido escuchar: desde que la bruja da vida a objetos inanimados para que hagan sus maldades en el pueblo, hasta que es un demonio que se alimenta de carne humana. El caso es que no me importa, únicamente quise saber su nombre para venir hasta ella y enfrentarme al peligro si así consigo alivio para mi sufrimiento. Y ese nombre era el tuyo, Catherine Alister.


Continuará...

13.2.10

Cap. Tres (parte tres)

Aquella frase de a penas tres palabras pudo tener el impacto de una bomba de cañón. Al sintético razonamiento de Rubber le costó resistir aquella explosión.
-¿Có...cómo que te mueres? ¿De qué hablas, Cat? ¿Qué ha ocurrido verdaderamente?
-Me sorprende que siendo un muñeco de trapo con vida te cueste creer que he podido encontrarme con una pequeña niña que afirmaba ser mi futuro.-Cat respondía con ironía y miedo, a la vez que intentaba creer en sus propias palabras.
-Cuéntame qué ha pasado.-Las palabras de Rubber se deslizaron por la habitación casi como una súplica. Catherine se acercó con cuidadoso sigilo, como queriendo apaciguar el hervidero de su mente con su acunar de caderas. Llegada al borde de la cama, esperó paciente a que Rubber se instalara en el cabecero de la cama para poder estar a su altura. Luego, relató lo ocurrido aquella abstracta mañana.
-Entonces... ¿Qué vamos a hacer?-Inquirió finalmente el muñeco.
-No lo sé... a veces ni siquiera recuerdo ya mi nombre.-Cat miró sus pies.-Quizá podría coserme un corazón, como te cosí a ti.-Sonrió sin ganas intentando quitarle hierro a la situación. Pero aquellos momentos le pesaban más que todas las lágrimas que había llorado. Y a Rubber también.
Transcurrieron unos minutos en los que se podía aspirar la compasión y la tristeza en el aire, pero ninguno se animaba a compartir aquellos aromas con el otro. Se limitaron a fingir que pensaban en silencio, interiorizando ideas de abatimiento que les inundaban. Pero sólo hasta el momento en el que algo volvió a interrumpir sus notas mentales.
-¿Lo has oído?-Se sobresaltó Rubber.
-No, ¿el qué?
-Algo, fuera. ¡Como pasos!
-¿Pasos?-Cat se unió entonces a aquél sobresalto.-¿Será la pequeña de nuevo?
-Si vamos a empezar a recibir visitas, deberás limpiar un poco la casa.-Bromeó Rubber, pero no estaba la situación para chistes. Catherine le dirigió una mirada acentuada por un ceño fruncido.
Se levantó como una mariposa que se deja conducir por las corrientes de aire y se acercó casi en volandas hasta la ventana, escondiendo su silueta tras la cortina para no ser vista desde el exterior. Rubber esperaba impaciente todavía desde la cama, donde si permanecía inmóvil, podía pasar perfectamente por el inocente juguete de un niño.
-¿Qué ves, Cat?-Preguntó al fin. Cat se limitó a poner un dedo en sus labios, indicando que guardara silencio. Deslizó su perfil por el marco de la ventana e inmediatamente agachó su cuerpo quedando justo por debajo de ésta.-¿Qué pasa, quién hay?
-¡Un muchacho!-Chilló en susurros con la respiración bailándole un tango en los pulmones.
-¿Cómo que un muchacho?-El muñeco de trapo bajó de la cama con espíritu investigador, pero los gestos de Catherine le ordenaron que se quedara en el sitio.
-¡Pues un muchacho, no te muevas! Si tenemos suerte, pensará que no hay nadie y se marchará.


Continuará...

12.2.10

Cap. Tres (parte dos)

-¿Qué ha sido eso...?-Preguntó en voz alta, aunque la verdad es que prefería no escuchar respuesta. Saber de lo que podría tratarse, sólo la hacía ponerse más nerviosa.
Silencio de nuevo. Sólo el movimiento de las pocas hojas de los árboles inundaba el neblinoso bosque.
-¡!-Cat se sobresaltó, de nuevo aquél sonido, como un lamento. Agudizó el oído sin estar muy segura de querer hacerlo y esperó a que volviera a producirse.-¡Alguien llora!-Identificó al fin.
Catherine intentó averiguar de dónde procedía, se escuchaba lejano, como atenuado por un eco. Tras haber sosegado su respiración, se decidió a caminar lentamente hacia el origen de aquél lamento que la envolvía. Su andar era lento, transparente, como el de un espectro atravesando el aire. A cada inseguro paso que daba, se acercaba más al foco de aquél llanto.
Tras unos pocos segundos, estuvo convencida de haber llegado al lugar del que salía aquella embriagadora pena: Delante suya encontró abierta una grieta en la montañana, una cueva que no mostraba más que un interior oscuro y frío.
-Entrar aquí sería venderme a la muerte...-Caminó hacia atrás, cediendo ante su instinto.-Pero por otra parte,-Paró.-alguien podría estar herido.-Se armó de un inesperado valor y tras dejar la cesta en el suelo, dirigió sus agotados pies hacia el interior de la tenebrosa cueva.
No tardó mucho en perderse entre la oscuridad, perdiendo por completo de vista cualquier cosa que pudiera tener en frente suya. Caminó con los brazos extendidos, temerosa de poder chocar contra alguna roca, o caer al vacío por algún pozo sin fondo. Pero no veía nada de nada.
-¿Quieres escuchar una historia?
Una voz infantil perturbó la paz que reinaba en la cueva. Catherine paró sus pasos en seco, sintiendo una a una las gotas de sudor frío que le recorrían el cuello.
-¿Qui...quién ha dicho eso?-Preguntó con un hilo de voz.-No puedo verte...
Al instante una pequeña llama dio un toque de luz a las sombras que allí residían. Cat dirigió la vista hacia la portadora de la luz, no era más que una niña pequeña. Se tranquilizó al observar la figura de la jovencita que ante ella sostenía una vela entre sus manos. Tenía el cabello rubio y largo entrelazado en dos coletas que resbalaban por sus hombros. Sus ojos negros parecía que habían absorbido la oscuridad que les rodeaba y, vestía su cuerpecillo con un delicado vestido blanco. Parecía una niña de familia rica y, quizá no superaría los once años.
-¿Qué haces aquí, pequeña?-Cat se posicionó a la altura de la muchacha.
-¿Quieres escuchar una historia?-Se limitó a repetir. Catherine dudó unos instantes.
-¿De qué se trata?
-Había una vez,-Comenzó.-una chica que se enamoró joven. Sabía tejer, era guapa, lista y heredaría el negocio de su padre. Pero decidió abandonarlo todo por un cazafortunas que acababa de conocer. Se la llevó lejos de todos y habiéndola atrapado entre sus redes, le arrancó el corazón del pecho una tarde de Noviembre. Arrancándole también toda posibilidad y esperanza de volver a amar. Desde ese día, nadie a vuelto a ver a aquella pobre chica y ella sabe que perecerá sola, sepultada por el olvido.
Al acabar la niña su discurso, Cat no pudo pronunciar palabra. Aquella no era una historia más, era 'su' historia. Y parecía que alguien más la conocía. Se levantó del suelo y miró con desconfianza a la pequeña, que la observaba desde un poco más abajo todavía con la vela entre sus manos.
-¿Quién eres?-Se atrevió a decir al fin.
-Tu futuro.
-Creía que yo ya no tenía de eso...-Contestó Catherine con un tono lastimero.
-He hablado con tu pasado y conozco tu presente. Pero lo que más me preocupa es lo que puedo ver en tus ojos.
-Eres un poco joven para ser mi futuro.
-El pasado es viejo, el presente maduro, pero el porvenir es una pequeña esperanza por crecer.- Aquella niña hablaba con un tono uniforme, sereno. Cat recapacitó en silencio unos insntantes.
-¿Y qué has visto en mis ojos?
-Vacío. Un vacío inquietante y prematuro.-Catherine no sabía muy bien si llegaba a entender a aquella pequeña.-¿Ves esta vela?-Observó el cirio encendido que sostenía en sus manos.-Esta llama representa el tiempo que va consumiendo tu vida. Y como ves, ya no le queda demasiado para desaparecer. Pronto tu corazón dejará de latir.
-Yo ya no tengo corazón.-Intervino Cat con nerviosismo.
-Te equivocas. Tú tienes corazón, siempre lo has tenido, pero permitiste que una bestia te lo arrebatara.
-¿Y qué quieres que haga?
-Se necesita un corazón para amar. Simplemente he querido recordártelo.
En ese preciso momento, una ráfaga helada inundó la cueva, apagando la vela de aquella niña y provocando que Cat la perdiera de vista por completo.
-¡Pequeña!-Gritó arropada por el frío.-¿Dónde estás? ¡No te puedo ver!-Pero nadie contestaba. Catherine vagó tambaleándose, como un pobre ébrio que busca a tientas la entrada de su casa, pero aquella cueva se encontraba ya vacía.
A bastos tropezones consiguió salir de la garganta de la montaña, donde una vez más volvió a encontrarse perdida en su conocido bosque.
Invadida por una sensación que bailaba entre el miedo y la incredulidad, recogió la cesta que había abandonado minutos antes y retomó su carrera desesperada hacia la cabaña.
Catherine no pudo ni comenzar a agotarse cuando no muy lejos, pudo vislumbrar su pintoresca cabaña. Una reconfortante visión que la animó a caminar tranquila y segura en dirección a su hogar.
Cruzó la puerta con ánsia y la cerró bien cerrada apoyando su espalda en la madera para poder descansar sus músculos. Rubber, que continuaba bajo la colcha, hubiera seguido dormitando de no haber sido por el portazo de Cat.
-¿Cat...?-Preguntó refregándose los abotonados ojos.
-Sí, soy yo, siento haberte despertado, Rubber.-Intentaba controlar su voz, que optaba por vibrar y temblar.
-¿Dónde estabas?
-Encontrándome con mi futuro...
-¿A si?-Bromeó Rubber, divertido.-¿Y qué te ha dicho?
-Que me muero.


Continará...

8.2.10

Cap. Tres

Amanecía una mañana gris, con centenares de nubes cubriendo el cielo sueco. Ese día Catherine se levantó algo más tarde de lo normal ya que el sol se había olvidado de anunciarle que era de día. Cat abrió los ojos con una extraña sensación que le provocó un escalofrío por todo el cuerpo.

-Qué frío...-Musitó mientras se frotaba los brazos. Observó el lado derecho de su cama donde Rubber continuaba durmiendo plácidamente.-No quiero despertarlo todavía.-Cat arropó a su amiguito y se levantó intentando hacer el menor ruido posible.
Calentó un poco de leche y cubierta con una manta, se sentó en la ventana a disfrutar de su desayuno. No se atrevió a abrirla, el contoneo de los árboles que por los cristales contemplaba la avisaban de que sería mejor que se quedara en casa. Pero no estaba dispuesta a seguir ese silencioso consejo. El frío siempre traía consigo un frescor que embadurnaba los frutos silvestres y le daban a sus tartas un sabor distinto, y a Rubber le encantaban.
Terminó su tazón de leche y se abrigó con la intención de salir a por los ingredientes de su tarta. Cat agradecía esos días tan fríos y húmedos. A pesar de calarle los huesos y congelarle las manos, aliviaban el ardor y la presión del agujero en su pecho, por ello siempre que podía aprovechaba para dar un paseo por los alrededores de su cabaña.
Antes de salir, volvió a echar un vistazo a la cama, Rubber aún se encontraba profundamente dormido, Cat pudo ver el bultito que hacía bajo la colcha. Cerró la puerta con delicadeza y se ajustó la bufanda para que le protegiera el rostro lo máximo posible.
El bosque se encontraba todavía dormido. El silencio y la tenue oscuridad confirmaban que la vida campestre también necesitaba de la luz solar para comenzar con su rutina. La tierra se encontraba cubierta con una alfombra de hojas secas con las que Cat disfrutaba al escuchar el crujido que emitían el ser pisadas. Aunque una pequeña neblina impedía a Cat poder contemplar qué sucedía bajo sus pies.
Los árboles comenzaban a perder sus hojas, y los pocos que quedaban todavía vestidos luchaban contra el venidero invierno por no quedar un año más desnudos ante su llegada. Catherine giró la vista y contempló su mortecino árbol vestido con las hojas que ella misma le tejía cada mañana. "Tú siempre estarás elegante para recibir a cualquier estación", dijo muy bajito.
Continuó su camino en silencio, atisbando de vez en cuando el paisaje anaranjado y rojo por el que estaba caminando. Sentía frío en todo el cuerpo, su delicada y blanca piel se volvía rojiza cuando sentía que bajaba la temperatura. Pero el hueco que sustituía a su corazón agradecía esa pausa que el viento le cedía a su resquemor. Catherine podía sentir la brisa helada calmando el interior de su carne.
Paseó durante más de media hora sin darse cuenta de que estaba alejándose demasiado de la cabaña. Pero aquél frío era tan consolador...
A su paso iba recogiendo pequeños frutos de entre los matorrales que se iba encontrando. El rocío helado que sobrevivía a la noche les daba un color vivo y apetecible, Cat contuvo las ganas de probar alguno y los almacenó en la cesta que había cogido antes de salir de casa. "A Rubber le va a encantar", se contentaba en pensar. Un negro cuervo la arrancó de sus pensamientos al atravesar las quebradizas copas de los árboles. Asustada, Cat reaccionó ante el ruido alertándose de que aquello no eran los alrededores de su cabaña.

-¿Dónde estoy?-Se preguntó.-Desde aquí no voy a saber volver...-Giró sobre sí misma intentando identificar algo de lo que le rodeaba. Pero la neblina ascendía lentamente y aquellos deshojados árboles parecían todos iguales.
Se ajustó el abrigo e intentó tranquilizar sus nervios, ¡era el bosque de siempre! caminando un poco conseguiría encontrar la vía de vuelta a casa. Pero a cada paso se inquietaba más. Las nubes iban tornándose en un color casi negro, amenazando lluvia, nieve, tormenta... o cualquier cosa que pudiera entorpecer más el camino hacia la cabaña. Y la niebla espesaba como el chocolate caliente de las mañanas. Catherine apretó el paso sin saber muy bien hacia dónde se dirigía, aquél paraje se iba volviendo más extraño conforme se adentraba en las entrañas de ninguna parte.
Cuando quiso darse cuenta, corría acalorada haciendo temblar las frutillas dentro de su cesta. Quería volverse silenciosa en aquél lugar que expiraba desconfianza, pero las hojas secas que cubrían la extensión del bosque, la delataban por donde quiera que iba. Casi parecía que flotaba, sin rumbo, desesperada por volver a la seguridad de su casa, donde le aguardaba Rubber.

-¡Voy a quedarme atrapada!-Jadeaba sin aliento.-Encontrarán mis restos rodeados por lobos y saquearán todo cuanto haya en la cabaña, ¡pobre Rubber!-Cat siempre fue dada a la exageración, y más aún cuando nada interesante asaltaba sus solitarios días dentro del bosque.
Corrió durante diez, quince minutos, observando por el borde de sus ojos los troncos secos y borrosos que pasaban por su lado a toda velocidad. Pero por más que corría, nada le era familiar, y su fantasiosa cabeza se divertía relatándose historias de fantasmas y hombres lobos que asaltaban a las jovencitas cuando salían solas a recoger frutos silvestres.
No pasó mucho tiempo más hasta que los pies de Catherine decidieron pausar aquella huída frenética. Le dolían las rodillas y el tobillo izquierdo que se había torcido un par de veces. Aminoró la marcha lentamente, le costaba respirar y en el caso de haber tenido corazón, seguro que se le habría salido por la boca. Se encorbó lo suficiente para poder apoyar las manos sobre sus muslos e intentó estabilizar su respiración, haciendo caso omiso del siniestro ulular de un búho madrugador que la observaba desde una rama. De repente, algo interrumpió los ejercicios tranquilizadores de Catherine.


Continuará...

7.2.10

Cap. Dos (parte tres)

Rubber miraba el suelo de la habitación intentando recrear la escena en su diminuta cabeza. El dolor y miedo de la imagen que construía en su mente le hacían querer llorar y abrazar a Cat.
-Has llorado mucho...¿verdad?-Preguntó al fin.
-Lo tomé al final como un entretenimiento.-El pequeño muñeco alzó una ceja sin entender a qué macabra idea se refería. Cat comprendió su gesto y esbozó una sonrisa.-Mira.
Catherine cruzó la pequeña estancia comedor de la cabaña y llegó hasta una cómoda de madera con un tapete de lana que ella misma había tejido. Sobre el mueble había un retrato de Axel, un muchacho fornido con el cabello rojo como el fuego del infierno y los ojos azules como el tranquilo océano. Sonreía con un aire de superiodad en su rostro y vestía un traje con la espeanza de darse un aire de 'don alguien'. Al lado de portaretratos, un cuenco de barro guardaba en su interior unas cuantas setas y frutas que a Cat le gustaba recoger. Tras mirar con añoranza la imagen de su desaparecido amor, Cat flexionó las rodillas y abrió el último cajón de la cómoda, no habían más que unos cuantos manteles viejos y servilletas, pero tras escarbar en ellos, sacó de entre las telas una fina caja de madera sellada por una cerradura de bronce. Triunfante, Catherine volvió con su tesoro hasta la cama donde Rubber aguardaba con ánsia.
-¿Qué guardas ahí, Cat?-El pequeño muñeco de trapo examinó la cajita y pudo atisbar un débil resplandor que se escapaba por la rendija del cierre. Cat se limitó a meter la mano en el escote de su vestido para poder sacar de él un colgante que llevaba atado al cuello. Al final del cordel de oro, había una diminuta llave del tamaño de medio dedo meñique. Abrió la caja lentamente, dejando que el fulgor que retenía invadiera toda la habitación. Tras acostumbrar sus ojos a la luz, Rubber pudo contemplar qué era lo que Catherine sostenía orgullosa sobre sus rodillas. Cientos, miles de pequeños cristales en forma de lágrimas rebosaban dentro de aquella caja. Eran preciosos, como si alguien hubiera podido retener el brillo que emiten los ojos cuando están enamorados.
-¿Son...?
-Mis lágrimas.-Se adelantó Catherine.-Una noche, pocos días después de que Axel se marchara, me desperté terriblemente triste de una pesadilla que no podía recordar. Tras innumerables vueltas en la cama, decidí asomarme a la ventana esperando tranquilizarme o... ver que se había decidido a volver a mi lado. Una de mis lágrimas resbaló por mi mejilla y cayó en el alféizar, donde permaneció intacta y transparente. Al despertar por la mañana, pude ver que aquella gota se había cristalizado en algo precioso, en esto.-Cat sostuvo una de sus diminutas lágrimas frente a sus ojos.-No sé por qué, quizá por el frío de la madrugada y la belleza de la Luna, nunca me he quedado para verlo y destrozarme a mí misma la magia, pero siempre que lloro cerca de un lugar donde por la noche puede iluminar la Luna, ocurre esto.
Rubber estaba maravillado.
-Vaya, así que una coleccionista de lágrimas, ¿eh?
-Sí, Rubber, ¡podría decirse que sí!
-¿Y qué haces con ellas?-Preguntó curioso.
-Nada. Las almaceno aquí. De vez en cuando las saco y las cuento... muchas veces me aburro antes de terminar. Y luego pienso en que no guardo ni la mitad de las que lloro...-Catherine bajó la cabeza, observando su amargo tesoro.
Rubber percató el desánimo en Catherine e intentó encontrarse con su mirada en medio de las sombras esperando poder transmitirle algo de compasión y empatía. Aquella noche se la pasaron hablando y recordando, al igual que la siguiente, la siguiente...
Rubber se dedicaba a recordarle a Cat dónde había colocado los botes de mermelada, a veces por qué no notaba sus pulsaciones -ella se asustaba continuamente confundiéndose con un muerto viviente- y sobre todo a hacerle un poco de compañía. A cambio, ella le confeccionó una pequeña escoba a base de ramitas secas y palos con la que él mismo podía defenderse de los malditos cuervos que aún venían con intención de secuestrarlo.
Los días eran monótonos, rutinarios, pero al menos contaban el uno con la compañía del otro. Lo que a ninguno de los dos se les hubiera pasado jamás por sus despistadas cabezas, era que el destino iba a encontrarlos en el corazón del más apartado bosque de Dalarna.

Continuará...

6.2.10

Cap. Dos (parte dos)

-¿Quieres seguir...?
-¡Sí!-Contestó tajante.-Lo tengo todo en la cabeza, ¡no quiero olvidar!-Le ardía el pecho como no lo había hecho en años. Le vibraban las manos, los brazos. Sentía su pulmón izquierdo hincharse y deshincharse con fuerza, como si fuera a explotar de un momento a otro. Hubiera dado lo que fuera por apagar ese fuego que le abrasaba la carne.-El cielo se volvió gris. Las densas nubes cubrieron todo el cielo y extinguieron el sol, no parecía la misma tarde. Axel cerró la puerta de casa y selló las ventanas. Yo estaba a tantos años luz en mi nube de amor que no me di cuenta de la expresión que había adoptado su rostro, como si fuera un cazador excitado al contemplar su presa. "Cat... mi querida Cat, tengo que hablar contigo", dijo. "De lo que quieras, Axel", contesté distraída. "Me marcho". "¿Sí? ¿A dónde? ¿Y cuándo vas a volver? Me gustaría pasar la Navidad a tu lado, y prepararte galletas mientras te calientas junto al fuego." "Me marcho para siempre, Cat". Creo que en ese momento no entendí el significado de sus palabras, me bombardearon los oídos y aturdieron mi razón. O simplemente, no quería escuchar lo que acaba de decirme. "¿Pa... Para siempre?" "Sí", su expresión era fría... O como si no tuviera expresión en el alma, como si a él no le doliera nada de lo que emitían sus labios. "¿Por qué?" "Porque no te quiero. Ya me he cansado de ti, de tu absurda fantasía y de la asquerosa vida que tengo a tu lado." Se me cayó el alma al suelo, pero no la hubiera podido recoger aunque quisiera, tenía los ojos demasiado borrosos y fríos. "Me estás mintiendo... No hablas en serio, Axel. Eres feliz, hoy me lo has dicho ¡eres feliz! y vamos a irnos a Estocolmo, y todo va a cambiar ¡ya lo verás! y vamos a ser felices, y vamos a casarnos, y vamos a tener hijos... Axel... No te vayas." "¿Por qué?", él continuaba de pie, como una estatua, sin hacer caso de mi deprimente figura arrodillada a sus pies. "Porque te amo, Axel. Porque te amo desde aquella calurosa mañana de verano, te he amado a través de estos años y si te vas... Te llevarás mi corazón contigo." Axel torció una mueca, parecía una sonrisa... una burla: "Quizá lo haga". Se acercó veloz hacia mí, tanto que no pude ver con claridad qué cogía entre sus manos... y me aplastaba contra la cabeza.
-¿Contra la cabeza?-Rubber dibujó una expresión de dolor.
-Sí...-La mano de Catherine acarició su cabeza, como quien acaricia la rodilla de un niño que acaba de caer de su bicicleta.-Caí inconsciente en el acto. Cuando desperté... ya no quedaba nada. Ni luz, ni esperanza, ni Axel... ni mi corazón. Al abrir los ojos todo cuanto había en la habitación bailó a mi alrededor, me costó recordar dónde estaba y qué había pasado. Luego, me di cuenta de lo que más debió preocuparme: me costaba respirar. Me incorporé rápidamente entre tos y asfixia e intenté agarrarme el pecho, controlar mis latidos. Pero en su lugar encontré un agujero: mi vestido rasgado, la carne abierta y rebosante de sangre, piel que colgaba... y ni rastro de mi corazón. Pensé, sabía que iba a morir, y no podía llorar. No podía llorar porque no sabía qué había ocurrido, cómo había llegado a ese estado... y cómo podía haberme quedado sola. La sangre encharcaba el piso y mi cabeza comenzaba a desvanecerse, supe que llegaba el fin de mis días -¡y vaya fin!- de modo que volví a recostarme en la cama y me dejé llevar...-Catherine recordaba con dolor aquellos angustiosos momentos.
-Pero no moriste.
-Obvio que no, ¡aquí me tienes! Volví a despertar a la mañana siguiente con un dolor de cabeza horrible, miré la sartén que se encontraba tirada y deduje que eso había utilizado para quitarme el conocimiento. Me daba miedo mirarme el pecho, comprobar que todo era real, de modo que me limité a respirar lentamente para estabilizarme y comprobar que seguía viva. Lo estaba. Arreglé el desorden de la casa, me lavé la cara y peiné el pelo, me cambié la ropa... y ya desnuda, reuní el valor para enfrentarme al espejo. Y para mi (no)sorpresa, ahí estaba el agujero, este agujero poco mayor que mi puño donde debería permanecer mi corazón. No me asusté, no lloré... Mi cabeza estaba horas atrás, repitiéndole a la imagen de Axel la misma pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué...?
>>No volví a bajar al pueblo, no volvía a salir de aquí, ¿qué iban a pensar de mi? Rasgué toda mi ropa, me escocía la herida si la llevaba tapada. Y aquí he estado hasta entonces... Olvidando poco a poco que existo, que alguien me quiso. Limitándome a sobrevivir hasta que acaben mis días... y cesen las lágrimas.


Continuará...

5.2.10

Cap. Dos

-¡Claro! ¿A caso alguien más vive aquí?
-Algún ratón que busca las migajas de la cena... los cuervos que vienen a quitarme lo que es mío, mi sombra cansada de vivir en silencio...-Contestaba Catherine mientras se acercaba con incredulidad hacia su pequeño amigo rebosante ahora de vida.
-Pero ninguno de ellos habla.-Contestó el muñeco.
-Y tú tampoco deberías.
-¿Y me lo dices tú, que sobrevives con un agujero en el pecho por el que podría pasearse un jilguero?- Rubber parecía molesto.
-No pretendía ofender. Sólo que, no entiendo.-Se sentó con delicadeza sobre la colcha, esforzándose por recordarse mentalmente quién era y donde estaba, para asegurarse de que no había perdido la cordura.
-Aquí no hace falta entender nada, Cat. ¿Qué te ocurrió en el pecho?
Catherine se palpó con cuidado los bordes del agujero que allí tenía. Luego, rozó sus costillas y notó ligeramente el hinchar y deshinchar de su pulmón izquierdo. Sabía perfectamente que ahí faltaba algo.
-No lo sé...-Contestó con la mirada perdida, moviendo en círculos la mano.
-¿Tampoco te acuerdas de eso? Si no lo intentas, jamás podré memorizarlo para contártelo cuando lo olvides.
-De modo que todo es cierto... Durante este tiempo has escuchado y almacenado cada una de mis palabras.
-Sí.-Rubber asintió con la cabeza.-Esa fue la misión que me encomendaste.-Catherine esbozó una sonrisa.-Haz un esfuerzo, Cat.
Apartó la vista de su cama y la posó en la ventana que continuaba abierta. Le hubiera gustado despegar su mente de aquél estropeado cuerpo y volar a través del alféizar, pero escapando no iba a conseguir evitar el dolor del recuerdo.
-Yo...-Cat se levantó lentamente. Rubber agudizó sus orejas llenas de tela, apreciando el esfuerzo que Catherine estaba realizando.-Yo... Axel era todo. Sí... Axel, sentía algo por él. Algo que me llenaba el...-Volvió a tocarse el frío agujero del pecho.-Hacía 'pum-púm, pum-púm, pum-púm'...
-¿Tu corazón?
Catherine se volteó violentamente.
-¡Mi corazón! ¡Sí! ¡Estaba aquí! Y latía, ¡latía fuerte cuando él estaba cerca! 'pum-púm, pum-púm, pum-púm'...
-¿Y qué ocurrió, Cat?-Rubber intentaba sonar compasivo, tranquilizador.
-Nos conocimos una mañana que hacía mucho calor, demasiado para Dalarna. Yo estaba en la fuente y contemplar sus ojos hizo que se me cayera la vasija que llevaba en las manos, como si esa mirada marina controlara mis músculos. A partir de ese día, me despertaba cada mañana con flores, con sonrisas bajo mi ventana. No fue necesario demasiado esfuerzo por su parte para que me enamorara de él, de hecho, creo que lo hice en el primer momento en el que sentí su presencia en mi espalda. A mi padre, mi pobre y difunto padre, jamás llegó a gustarle. Le parecía un engreído, un interesado y un fracasado en sus negocios. ¡Absurdo! Solía contestarle yo, mi continua respuesta siempre fue que Dalarna era muy pequeña para sus espectativas y que en cuanto nos fueramos a Estocolmo, las cosas cambiarían. Pero era yo quien se equivocaba... ojalá hubiera atendido a los consejos de mi padre...-Catherine sonrió para sí misma mirando al suelo, imaginando la imagen de su padre acariciándole la cabeza. Sabía que si viviera, jamás le hubiera reprochado nada y se habría limitado a consolarla revolviéndole el pelo como acostumbraba a hacer. Tras unos instantes, salió de su ensimismamiento.-Como él solía decir,-prosiguió-¡más sabe el diablo por viejo que por diablo! Con el tiempo, Axel se fue volviendo arrogante y distante. Compramos esta cabaña... bueno, yo compré esta cabaña, él siempre me decía que me pagaría su parte cuando dieran fruto sus negocios. Y cada día iba desapareciendo su sonrisa, las flores, la mirada que me llevaba al cielo... Sólo le importaba el dinero que salía y jamás entraba, la gente de este pueblucho que no caía en sus tretas... Y una tarde de Noviembre, el 28 si no recuerdo mal... Me llevó al parque. Fue una tarde perfecta, con sol entre el frío, como la esperanza de que toda nuestra mala racha podría verse iluminada. Parecía que todo volvía a ser como antes, Axel rebosaba felicidad, sus gestos volvían a envolverse de ternura y amor... Y yo sentía que iba a reventar de emoción, que el corazón se me saldría del pecho. Pero al volver a casa todo dio un giro horrible...-Catherine tembló.


Continuará...

4.2.10

Cap. Uno (parte tres)

Pero nadie consiguió arrebatarle a Rubber, algo en Catherine la forzaba a no permitir que se lo llevaran de su lado, aunque su amigo de trapo jamás mostrara ningún interés por ella.
Nadie nunca se acercaba a visitarla. Su padre había fallecido a causa de una pulmonía meses atrás y la gente del pueblo incrementaba su soledad con rumores de brujería, locura y posesiones demoníacas. Nadie se atrevía a poner un pie en la casa de la que decían que podías salir maldito, o que Catherine y su ejército de fetiches de trapo te comerían el corazón hasta convertirte en uno de ellos. Pero nada de eso importaba a Cat. Con el tiempo, aquellas habladurías dejaron de llegar a sus apagados oídos, y con más tiempo aún, olvidó todo lo que kilómetros abajo blasfemaban sobre ella y su mundo.
La rutina de Catherine se elaboraba a base de despertar pronto cada mañana y bordar hojas de un hilo verde y brillante. Junto a su cabaña, había un árbol seco que por circunstancias que no vienen al caso, llevaba muerto varios años. Pero Cat, en su irrefrenable intento por devolverle la vida, colgaba cada mañana de sus secas ramas una hoja de lana que le diera de nuevo un toque primaveral y vivo.
"Que al menos uno de nosotros pueda recuperar lo que le quitaron", repetía todos los días bajo aquél álamo oxidado.
Daba largos paseos por el bosque, con la esperanza de poder encontrarse con un leñador extraviado con el que poder mantener una conversación decente acerca de lo mal que se porta el invierno en Suecia, de lo ricos que le salen los creps o de por qué todo el mundo se había olvidado de ella.
Cocinaba para ella y para Rubber, que, desagradecido, jamás se terminaba su plato. Pero Cat insistía con la seguridad de que algún día no podría resistir más el hambre y devoraría hasta la mesa.
Por la tarde construía palacios de naipes y templos de mondadientes hasta que el sol le avisaba de que ya era hora de acabar el día.
Y por la noche, se recostaba en su cama esperando levantarse con los ojos secos y el corazón en su sitio. Pero eso nunca ocurría.

Una noche, después de lavar los cacharros de la cena y calentarse las pétreas manos en la chimenea, una fuerte corriente de viento apagó el fuego de un soplido y casi la precipita contra los maderos crepitantes. Cat, exaltada, se dirigió hacia la ventana con el corazón en un puño -si lo tuviera-.
-¿¡Qué ha ocurrido?! ¡Yo dejé esta ventana cerrada! ... ¿Rubber?, ¿Rubber?- Se balanceó por toda la habitación examinando cada rincón donde pudiera haberse dejado a su viejo amigo.- ¡Estúpidos cuervos! ¡Rubber! ¿Dónde estás?
La oscuridad iba apoderándose de la estancia y el inquietante ruido de platos que se movían alteraban sus nervios y la hacían desestabilizarse.
-¿Quién anda ahí? ¡Márchate! ¡Márchate! ¡No aparezcas cuando no pueda verte y vuelve con el sol si no quieres que te haga daño!
-Sssshh- Se escuchó.
-¡No me mandes callar!- Contestó Catherine.
-Sssshh, no eleves la voz, Catherine, y arrímate a tu almohada donde me encuentro descansando, vieja amiga.
Catherine no conocía de nadie que pudiera llamarla 'vieja amiga' y, apurando más la situación, Catherine no conocía a nadie. Permaneció pensativa unos instantes de espaldas a su cama, intentando imaginar a quién podría encontrarse si se daba la vuelta. Tras unos incómodos minutos de frío y tensión, decidió rotar sobre sí misma lentamente. Al fin y al cabo, ¿qué podía perder?
Al haber completado los 180º de trayectoria, quedó frente a frente con su almohada, la cual, bajo la oscuridad de la noche parecía vacía. Entrecerró los ojos intentando enfocar al emisor de aquellos chisteos y poder identificarlo -si es que podía-. Y no pasaron muchos segundos hasta que abrió lentamente los temblorosos labios y se atrevió a probar con un nombre:

-¿Ru...Rubber?


Continuará...


3.2.10

Cap. Uno (parte 2)

Y no hizo falta nada más ¿para qué interrumpir la conversación de las miradas con absurdas palabras? Los pájaros cantaron sólo para ellos, el viento le revolvió el pelo y sus ojos verdes se volvieron oscuros y profundos, la piel de ambos se erizó y los músculos cardíacos botaron extasiados en sus respectivos pechos.
Quizá cruzaron algunas frases nerviosas mientras recogían los restos del recipiente y comentaban el calor inusual que se cernía sobre ellos.
Los años que acontecieron se han perdido en la memoria de Catherine, evita con tanta fuerza el recuerdo que ha ido perdiendo poco a poco la capacidad de recordar. Alterna tontamente épocas en las que su estómago iba a estallar de alegría y miles de mariposas iban a llevársela hasta las nubes, pero también luego la invaden otras en las que se está ahogando en noches interminables dentro de su almohada. Lamentablemente, Cat se va deteriorando y le pese lo que le pese, llegará el día en el que jamás pueda recordar. Ni a su padre, ni su infancia en las calles, ni a Axel... ni nada.
Por suerte, Cat se hizo con la manera de dejar a buen recaudo su mente. Fue una mañana fría, helada, en la que con todas sus fuerzas intentó recordar qué la había hecho levantarse con los ojos empañados. Pero le fue imposible. Por más que forzaba su cerebro, su alma, su corazón... Su corazón. Se tocó el pecho y rozó con lástima un gran agujero oscuro, que ardía, que dolía. Aunque más dolían las ganas de recordar y no poder. Nada hiere más al alma que un recuerdo extraviado en el olvido. Fue ese día, esa mañana, donde comprendió que se estaba desintegrando... Que al igual que una muñeca de porcelana vieja, se iba desgastando y estropeando con el tiempo.
Pero su capacidad creativa -para su alivio- quedaba todavía intacta, llena de vida y con ganas de darle al mundo todo lo que hervía en su cabeza. De modo que se levantó de un salto haciendo volar las lágrimas que se habían acumulado durante el sueño y se dirigió rápida -con miedo de olvidar- hacia su costurero. Dentro siempre tenía de todo, de todo lo necesario para poder bordar cualquier cosa en cualquier parte siempre que le apeteciera. Sacó hilo, agujas, botones... y buscó en la cocina algunos viejos trapos que ya no fueran de utilidad.
Reunidos los materiales, se sentó bajo la ventana que iluminaba su cama aprovechando los primeros rayos del sol que le facilitaban la tarea. Y, en cuestión de a penas una hora, Cat creó de los desperdicios, un pequeño muñeco de trapo con ojos de botones y sonrisa rasgada al que llamó Rubber.

- Tú serás mi confidente. Tú me escucharás y absorberás en tu cerebro de trapo todo cuando salga de mis labios. Así siempre podré recordar. Así nunca olvidaré.- Susurró con pena en su inerte oreja una vez acabado el trabajo.

Aquél pequeño muñeco pasó semanas en el alféizar de la ventana escuchando paciente los translúcidos momentos que Catherine lograba rescatar de sus lagunas mentales. Intentaba contarlos con todo lujo de detalles para que jamás se perdiera nada, como quien describe los rasgos de la mujer más hermosa del planeta.
A veces Cat se sentaba y miraba fíjamente los inexpresivos ojos de Rubber, esperando que él consolara su angustia y le diera respuesta a sus interminables preguntas. Pero el pequeño muñeco jamás contestaba, jamás se movía. Sólo viajaba cuando algún cuervo listo se colaba en la casa e intentaba hurtar con malicia al amigo de Cat.

-¡Maldito! -Gritaba desesperada.- ¡Fuera cuervo! ¡Fuera! ¡Búscate quien te escuche, este amigo es sólo mío!- Y entonces decaían sus fuerzas al recordar esa sensación de sentir que alguien se va... Que alguien abandona su corazón.


Continuará...

Cap. Uno

"I want to feel sun in my face, I feel the shadows in its place"


- Aún recuerdo la última vez que sonreí.
Esa tarde de noviembre me persigue como un ratón hambriento, esperando ansioso por devorar hasta el último trozo de queso. Y el queso es mi deteriorada memoria.
Aún así, hacía frío, lo recuerdo. Pero los rayos de sol se colaban entre las hojas de los álamos, convirtiendo el bosque en un paraíso cobrizo. El sol... El sol calentaba mi fría piel entre aquél paraje helado. Con los ojos cerrados y las mejillas sonrosadas por el viento, no pasaba por mi cabeza más que no fuera ese mismo instante. Ese mismo momento en el que cogidos de la mano disfrutábamos de aquellos segundos de calor en el frío Noviembre sueco.
Abrí los ojos y allí estaba él, burlándose de mi nariz roja y haciendo bromas que me hacían desternillarme. Sé que el tiempo se paró en ese instante, aunque falten los testigos que puedan darme la razón. Axel se movió lentamente hacia mi, mezclándose ligeramente con la brisa que nos helaba las orejas. Las sombras doradas del atardecer esculpían sus pómulos, su sonrisa... Y al sostenerme las mejillas, dejé de sentir frío y todo cuanto sucedía a mi alrededor, como siempre ocurría cuando me besaba. En esos segundos, mis pies decidían abandonar el suelo para convertir la sensación de sus finos labios en algo cómodo y ligero, como el balanceo de una mecedora en la habitación de un bebé. Mis ojos se cerraban involuntariamente para disfrutar con más intensidad de ese momento, que siempre vivía como si fuera el último, y del que me apenaba a su fin cuando separaba su rostro del mío, dejando introducirse su aliento en mi boca, que hacía arder mi garganta e invadía mi corazón de vida... Mi corazón...

- Eres una exagerada, Cat.
- ¡No lo soy!
- Te vi sonreir ayer cuando un copo de nieve te besó la frente.
- No sonreía... Intentaba aspirar despacito el frescor de la nieve. Me escuece el pecho...

Catherine Alister vivía sola en medio de un perdido bosque en Dalarna desde hacía más de año y medio. Pero no siempre había sido así.
Hasta donde ella podía recordar, no siempre había estado sola (sin contar con la compañía de Rubber).
No hará más de seis años, habitaba feliz junto a su padre una casita de madera justo en el centro de Dalarna. Él se dedicaba a revolverle el oscuro cabello y a la carnicería del lugar. Y ella, hilaba soñando con salir volando por la ventana y frecuentaba las calles buscando libros y alguien con quien poder hablar. Una mañana calurosa, la presión y la sequía de su garganta le pidieron que bajara a la fuente a remediar aquella molestia y, fue mientras rellenaba una bonita vasija cuando le vio: Axel Van Cashter, un mozo de los alrededores. No muy rico, no muy agraciado y a penas se le conocía por sus negocios de poca monta. Pero la sonrisa que suspiró al ver el paisaje en el escote de la joven, hizo que a Cat le temblaran las manos y los decorados de la vasija se quebraran en mil pedazos en el ardiente suelo de piedra de la plaza. Aquella mañana de verano.


Continuará...